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L’homme révolté

quinta-feira 7 de fevereiro de 2008, por ,


Carta abierta del presidente de la Bolsa de Bruselas a Jérôme Ollier a raíz de la acción que éste realizó el 26 de enero de 2008 en el marco de la jornada de acción global. El diario belga Le Soir la publicó el 5 de febrero, anunciándola en primera plana.

Martes 05 de febrero de 2008

Es a ti, el hombre cuyo nombre jamás sabré, a quien dedico estas líneas. Tú querías atraer la atención de unos centenares de transeúntes, sobre la cúpula de la Bolsa, el sábado 26, hacia el mediodía.

Las radios lo informaron, en el flujo de las noticias de la tarde, pero es a
millares de lectores a quienes relato tu historia.

Nuestro encuentro fue uno de esos momentos improbables. Y tú, esposado
detrás de los vidrios ahumados del ululante coche policial que te llevaba
apresuradamente, sin duda no lo entendiste: yo estaba estupefacto por las
coincidencias y turbado por una extraña sensación de haber vivido un momento
singular.

Incluso era, sin duda, más profundo: estaba dividido entre la emoción que tu
acción me había inspirado y la tristeza por los ideales alocados y las
esperanzas resignadas.

Un poco como si los escasos segundos pasados juntos me hubieran proyectado
al mundo de la adolescencia, el tiempo en el que la despreocupación hace
accesibles los sueños, la época que precede las tormentas de la vida y las
desilusiones.

Nos cruzamos sobre el techo de la Bolsa. Alpinista aparentemente
experimentado, fue a fuerza de un despliegue de escalas y de escalada como
habías podido llegar casi hasta la cima, cuando unos transeúntes, alertados
por tu maniobra, avisaron a la policía.

En plena semana de Davos, coincidiendo ésta con una de las más
impresionantes semanas bursátiles de los últimos veinte años y el mayor
fraude bancario, tú lograste desplegar una inmensa pancarta en la que habías
pintado «Make capitalism history»... Debías de haber cosido muchas sábanas e
ideaste un ingenioso sistema de cuerdas para extenderlas. La policía y el
viento contrariaron tus planes.

Estando solo en el trabajo, ese sábado en la Bolsa, me vi yo también en la
estrecha cornisa del edificio, guiando, mientras corría, a la policía en
esta polvorienta construcción del siglo xix. Tú te dejaste arrestar
conservando la calma. Fue entonces, cuando estabas rodeado en el ascensor,
que nuestras miradas se cruzaron, con respeto. Debes de tener una treintena
de años, y tienes la mirada insolente de los rebeldes del sistema.

Eres incluso extrañamente parecido a Jérôme Kerviel, aquel joven broker que
habría reventado las operaciones de corretaje de la Société Générale
francesa.

Como los militantes de Greenpeace, perteneces a esa raza de raros hombres
que tienen en los ojos una llama de rebelión, y de los cuales yo siempre me
pregunto en qué os habréis convertido dentro de veinte años.

Fue entonces, cuando te dije que yo presidía la Bolsa, que, bien informado y
sin dudar, pronunciaste mi nombre. También me preguntaste, con malicia, si
la semana no había sido demasiado dura, con la coyuntura de los mercados.

Nada, en tu comportamiento, dejaba suponer la menor ligereza en tus actos.
No eras un combatiente del altermundialismo. No había ninguna violencia en
tu comportamiento, sólo determinación. Arriesgaste tu vida por una idea.
Utilizaste un edificio simbólico para afirmar una convicción.

Pero ¿valía la pena arriesgar tu vida, y sobre todo la de los policías que
te perseguían?

Es verdad que tener la audacia de la rebelión suscita respeto. En El hombre
rebelde, Camus decía que no es la rebelión en sí misma lo que es noble, sino
lo que ella exige. Decía el filósofo que el rebelde, en sentido etimológico,
revuelve. Opone lo que cree que es preferible a lo que no lo es.

Como Camus, tú te has revuelto contra la Bolsa. Pero al hacerlo tú la haces
existir. Camus escribía también, en El mito de Sísifo, que no tiene sentido
morir por las ideas. Entonces, en tu acción, subsisten profundas incógnitas.
¿Tienes razón? Si es así, ¿sobre qué premisas? ¿Por qué pusiste en peligro
tu vida y la de otros?

Apenas te habían subido al coche policial cuando ya los bomberos descolgaban
tu pancarta. Los periodistas acababan de llegar. Tus ideas no son realistas,
porque el capitalismo es el orden natural de las comunidades humanas. Tu
acción es punible. La Bolsa es indispensable para la economía: formula el
valor y fundamenta la llamada al capital al riesgo.

Pero, aunque infundadas, tu acción y tu pancarta interpelan. Exigen estas
pocas líneas.

Leer también la Respuesta de Jérôme Ollier al presidente de la Bolsa publicada en Le Soir el 15 de febrero en la página 19, anunciada en primera página. Jérôme trabajo 3 meses de manera voluntaria en Caracas de nov 2005 a enero 2006 para preparar el sexto FSM. En Junio 2007 en Rostock durante el G8 ha sido encarcelado 3 dias con otros compas del CADTM y de otras organizaciones
por la policia alemana.


Tuesday 5 February 2008

These lines are for you, young man whose name I will never know. You wished
to draw the attention of the many passersby to the roof of the stockmarket
building on Saturday 26 January around twelve noon.

Radios mentioned this in the flow of evening news but I am telling your
story to thousands of readers.

Our meeting belongs to one of those unlikely moments in history. You may not
have perceived this as you were driven away handcuffed behind the
smoked-glass windows of a police car: I was flabbergasted by coincidences
and disturbed by the strange feeling that I had just lived a unique
confrontation.

It was probably something even deeper: I was divided between the emotion
your action had raised in me and the sadness of lost ideals and castaway
hopes.

As though the few seconds we had shared had projected me back into the world
of adolescence, the carefree time when dreams were possible, before we meet
the storms of life and its disillusionments.

We met on the roof of the stockmarket. An apparently well trained
mountaineer, you had reached this position by dint of ladders and daring
climbing when passersby, alarmed at what they saw, called the police.

Right in the middle of the Davos economic summit, which itself coincided
with one of the most tumultuous weeks on the stockmarkets in the past twenty
years and with the largest bank fraud ever, you managed to unfold a huge
banner on which you had painted the words Make capitalism history... You must
have sown several sheets together and had devised an ingenious system of
ropes to extend them across. The police and the wind prevented your plans.

As I was the only person working in the building on that Saturday I found
myself too on the narrow ledge guiding the police through the dusty
corridors of the 19th century building. You quietly allowed yourself to be
arrested, and it is while you were held fast in the lift that our eyes met,
with mutual respect. You must be around thirty, and you have the insolent
eyes of those who rebel against the system.

There is even I thought an eerie parallel with Jérôme Kerviel, the young
trader who is said to have blown the brokerage of the French Société
Générale.

Just like the Greenpeace activists, you belong to this strange category of
people who harbour the fire of rebellion in their eyes and about whom I
cannot help wondering what you will be in twenty years’ time.

When I told you I was president of the stockmarket you unerringly called me
by my name. You also mischievously asked whether the week had not been too
difficult given the market conditions.

Nothing in the way you behaved suggested any levity in your action. You are
not one of the rank-and-file anti-globalisation activists. There was no
violence in your behaviour, only determination. You had risked your life for
an idea. You had used a symbolic building to express your conviction.

But was it worth risking your life and the lives of the policemen who ran
after you?

No doubt the daring of your rebellion prompts respect. In L’Homme révolté
(The Rebel), Camus said that it was not rebellion as such that was noble,
but what it requires. The philosopher said that the rebel - in French ’le
révolté’ - etymologically turned around, did a volte. He opposes what he
thinks is preferable to what is not.

Like Camus, you rebelled against the stockmarket. But your very rebellion
reaffirms its existence. Camus also wrote in The Myth of Sisyphus that it is
pointless to die for ideas. So a number of dizzying questions are left
hovering: are you right? And if you are on what grounds? For what did you
put your own life and the lives of others at stake ?

Hardly had you been driven away than firemen had taken your banner down.
Journalists had barely had time to gather. Your ideas are not realistic
because capitalism is the natural order of human societies. Your action was
a crime. The Stockmarket has an indispensable economic function: it
establishes values and underlies the call for risk capital.

Yet even if unfounded your action and your banner are disturbing. They made
it necessary for me to write these lines.